jueves, 30 de septiembre de 2010

La huella de aquel mamon (Parte I)

Querido lector, siéntese, póngase cómodo y sírvase algo fresquito porque esto va para largo y abróchese bien los pantalones, no siendo que coja usted frío y por ende, un retortijón y se pierda este inverosímil pero fascinante viaje a lo desconocido, al no va más del absurdo. Venga, dale.

Todo ocurrió hace 4 años lunares, es decir, 4 meses terrestres, en tan insólito escenario como lo era el aparcamiento para minusválidos del centro comercial del sur de Dakota del Norte (Stanford). Todo transcurría de forma normal hasta que al salir del supermercado cargado de bolsas con las viandas y bártulos para sobrevivir durante el frío mes de agosto, un tipo no menos taciturno que calvorota se interpuso en mi camino, impidiéndome avanzar con sus manos y piernas abriéndose y cerrándose en incómodas espirales que formaban roscos de viento. Le pensé caracol…o tal vez el caracol fuese  yo en esa espantosa pecera color crema en la que me había embutido sin comerlo ni beberlo, es decir, sin ton ni muchísimo menos, son. Y en ese preciso instante todo se tornó malva, de una suavidad casi imperceptible en ese tumulto de acelgas, que eran personas hechas piedra.

En fin, a todo el mundo le ha pasado esto alguna vez, así que no me haré de rogar a la hora de hornear cualquier dulce casero,porque si, las noches de luna llena me vuelvo panadero… Vivo en una caseta de las que sobraron en la Feria del Condado en Carolina de Mónaco (Suances), tan cálidas y acogedoras estas cabañitas con olor a vino picado y remolacha pasada y tan agradecidas a la hora de nunca limpiarlas... Ahí crié a mis más imperceptibles sonidos intestinales: Jondie, Frederic, Son Van Morrison y Timmer, el gordo del grupo. Lo cerdo es que me enfada sentirles hijos míos.

El resto fue todo cosa de Barry Farton, hijo microscópico de Dolly Parton. Él se hizo a sí mismo, era de esos a los que las conversaciones de padres a hijos se la sudaban pero bien, pues nunca hacia lo que debía, ya que eso le hacia apretarse el cinturón de Orión así como las tuercas, bien flojas por aquel entonces: el tío siempre tenía una buena frase con la que responderte, lástima que solo tuviese una: “Eso lo será tu madre” y cuidado no le pillaras en un su esplendorosa fase de cabreo, o lo que es lo mismo, plantando una piña, entonces te respondía muy airado “Algún día criaré a 2000 gorrinos y los adiestraré para aplastar tu maldita choza”. ¿Se puede saber quién demonios es Jondie? A estas alturas sobran presentaciones y gilipolleces, no merece la pena, así, no. Como era de suponer, la transacción de bedeles brillaba por su ausencia, pues todos habían emigrado hacia el oeste en busca de comida, como aquellos caprichosos y enfermizos pajarucos que poblaban los lechos del río Rindelbowl, nombre sacado de los mismísimos pasadadizos en donde se alojaban los tubérculos, nabos y otras insípidas hortalizas.

De repente sentí hambre, humedad y olor a quemado ¡Oh Dios maño, eran mis cabellos! He debido de quedarme dormido mientras hacía la cena y se me ha chamuscado el vello de la cabeza. En realidad, me he alegrado lo suyo de despertarme y ver que ese atajo de sucias mentiras no se hubiese enredado en mi bien curtida, cual embuchado ibéricum, vida real.