Tres horas de digestión pesada fueron suficientes para gestar vida en el interior del viejo Renato…La fabada empecinada y despiadadamente especiada y el avestruz agridulce con panceta, edulcorado con una buena bandeja de tocinillos de cielo surtieron su temido efecto. Un nuevo explosivo se cocinaba lentamente en el estómago del empachado anciano, que respirando con dificultad se mecía en la incómoda silla de mimbre del porche. Una neblina de modorra se cernía sobre él, inmovilizando cada músculo y ápice de su arrugado cuerpo. El hombre experto en obviar la mesura a la hora de ingerir, esperaba pacientemente el momento del desembuche intestinal, que le permitiría volver a la realidad, pues es necesario aclarar que se encontraba en un estado más cercano al delirio y a la alucinación que a al normalidad comúnmente entendida.
La tarde pasaba lentamente y Renato seguía inmóvil, pesado, lento y torpón a causa de su terrible y plomizo empacho…Comenzaba a exasperarse, ya que aún no veía cercano el momento de liberarse de tan pesada losa gástrica…Aunque Renato era un hombre de pueblo, de maneras bruscas y sensibilidad humana casi imperceptible, siempre ha destacado por su meticulosa observación y posterior retención de la información…cualidades, ya ven, sorprendentemente contrapuestas, sí.
En esta ocasión su memoria de elefante le sirvió para acordarse de lo bien que resultaba el café para desatascar las tuberías cuando éstas, estaban obstruídas por bellotas, piedras, grasa de poni, gominolas, peces pasados, fruta escarchada, bollería industrial caducada y toneladas de harina, hasta la médula espinal (en una ocasión llegó a encontrarse un casette de chistes de Eugenio atascada en el interior del sifón). Cuando era niño y veía cómo su abuela con tan sólo unas briznas de café soluble hacía desaparecer aquella colosal cantidad de basura de las tuberías…¡le parecía una auténtica obre de magia! Así, el bueno de Renato, enfrascado en tan insólitos pensamientos, recobró parte de la lucidez y pensó en aplicarse el cuento, ergo el soluto ungüento. Tal fue así, que retozó y zozobró hasta la cocina, en busca de una portentosa taza de café bien cargada. Sorbióla con ansiedad y de vuelta a la silla de mimbre, esperó a que los poderes de tan asombrosa pócima hiciesen efecto.
Cinco minutos bastaron, para que Renato, sacudido como un olivo en temporada, saliera de su sopor y comenzase a vibrar con el nuevo fervor que nacía de su estómago…¡Qué extraña mezcla de alegría e impaciencia! Ahora debería poner toda su atención en que saliese bien tan esperada operación.
Acercóse nuestro hombre con decisión y se predispuso a ejecutar su acción, sorteando con facilidad las dificultades propias de cualquier principio, llegó hasta el final con valentía y terminó lo empezado con templanza y satisfacción: por fin se había liberado de la opresión de su interior, por fin, brillaba la luz del sol.
Despidióse de su amigo con una pequeña reverencia y salió por la puerta grande con aire de triunfador. Otra batalla ganada. Después de todo, nunca un retrete fue tan bien aprovechado.
Un mensaje muy universal que cabalga y relincha con las inquietudes de nuestros tiempos.
ResponderEliminarLe doy un 4 de 5, nunca oir hablar sobre la pesadez intestinal me sentó también
Grocias! con público como tú da gusto, hijo...jaja Pues nada, a ver si la próxima sandez te sienta igual de bien.
ResponderEliminarjajajajja me ENCANTAAAAAAA !! JAJAJA genial ! tía que bien escribes genial si si
ResponderEliminarsigue!